El barrio de Delicias acoge un proyecto cultural y arquitectónico singular en Madrid: Infinito Delicias. Un antiguo edificio industrial de los años sesenta de 2.700 m2, rehabilitado y abierto a la cultura, la alimentación sostenible, y la innovación social y vida comunitaria. Detrás está la Fundación Daniel y Nina Carasso con una intención clara: que el edificio pertenezca al barrio y a quienes lo habitan.
Un tercer espacio para la ciudad

Nada más entrar ya se percibe que aquí las cosas no están pensadas para imponerse, sino para invitar. A quedarse. A mirar. A participar. Infinito Delicias se ha construido desde la idea de los terceros espacios: esos lugares que no son ni casa ni trabajo, pero que resultan esenciales para la vida urbana. Espacios donde encontrarse sin un objetivo productivo inmediato, donde aprender, cocinar, investigar, crear o simplemente, estar.
En una ciudad marcada por el crecimiento acelerado y la inversión especulativa, este proyecto propone algo que es poco habitual: rehabilitar en lugar de construir, abrir en lugar de cerrar, compartir en lugar de privatizar. No se trata solo de un edificio, nos cuentan, sino de un ecosistema urbano en evolución.

“Queríamos que fuera un lugar donde los encuentros ocurrieran de manera natural, que respirara con el barrio y creciera con su comunidad”. Marina Nahmias, presidenta de la Fundación Daniel y Nina Carasso.
Arquitectura sostenible con vocación social
El proyecto arquitectónico, desarrollado por Husos Arquitecturas, Elii y Ultrazul, huye de cualquier gesto grandilocuente. Su arquitectura no busca protagonismo, sino sentido. Casi el 40 % del espacio se destina a zonas comunes, pensadas como infraestructuras de relación, encuentro y cuidado.

La materialidad se muestra sin disfraces: madera de castaño, corcho proyectado, instalaciones vistas, jardines en fachadas, patios y cubiertas. El edificio integra sistemas de geotermia, aerotermia y energía fotovoltaica, y está diseñado desde criterios de circularidad, hasta el punto de poder desmontarse en el futuro y reutilizar sus materiales.

Hay además una idea especialmente valiosa: la de vecindario expandido. Infinito Delicias no piensa solo en quienes entran por la puerta. Refugios para murciélagos, hoteles de insectos, bebederos para aves y huertos urbanos incorporan a otras especies en la vida del edificio. Una arquitectura que asume que la ciudad no es exclusivamente humana. No es casual que el proyecto haya recibido el Golden Prize de los Holcim Awards 2023, uno de los reconocimientos europeos más importantes en arquitectura sostenible.

Subir la escalera, entrar en la historia

El recorrido comienza de forma casi simbólica. Lo hacemos de la mano de José Pastor Nieves, coordinador de comunicación, y Fermín Montequín, responsable de Operaciones y experiencia del usuario. Ascendiendo la escalera de entrada, la obra Sant Stomak, de Andoni Miralda, introduce uno de los temas centrales del proyecto: la comida como lenguaje común. El Manto-Mantel, confeccionado a partir de manteles cedidos por vecinos del barrio y que recorrió las calles de Delicias antes de instalarse aquí, funciona como una piel colectiva, una memoria compartida que vincula el edificio con su entorno inmediato. Y es que antes de hablar de innovación o sostenibilidad, Infinito Delicias habla de comunidad.

Arriba: procesos, huertos y creación viva
El recorrido continúa por varias salas destinadas a residencias artísticas, donde ya se perciben las huellas de creadoras y colectivos como María Jerez, Andrea Canepa, Vir Andrés Hera o Juf Project. Más adelante, un coworking colaborativo acoge proyectos como Atelier itd, la revista Salvaje o Foro NESI, entre otros. Todo convive sin compartimentarse en exceso. La sensación es la de un hervidero de experimentación centrado en la cultura, la cocina y la innovación social, donde lo importante no es el resultado inmediato, sino el proceso compartido.

En la planta superior, una terraza perimetral rodea el edificio. Mesas, sillas y un huerto en activo —con vegetales y plantas aromáticas— amplían la vida del proyecto hacia el exterior, difuminando los límites entre dentro y fuera.

Un espacio expositivo explica cómo fue concebido el proyecto de Infinito Delicias: desde el diseño arquitectónico de Husos, Elii y Ultrazul hasta el mobiliario de Lucas Muñoz realizado a partir del aprovechamiento de materiales de obra, geniales, las maquetas. Se plantea, no como una exhibición cerrada, sino como relato transparente de decisiones, pruebas y aprendizajes.
Comer, otra forma de encontrarse
En la planta baja, la cocina se convierte en uno de los grandes motores del proyecto. Dentro del edificio conviven tres espacios gastronómicos que entienden la alimentación como práctica cultural, social y política: Cocina Beta, Cocina Plató y el restaurante UNMAR.

Cocina Beta funciona como una incubadora de proyectos de restauración. Un lugar donde las ideas pueden probarse en condiciones reales, con acompañamiento profesional y formación específica en sostenibilidad. Los proyectos que pasan por aquí asumen un decálogo de sostenibilidad, nos explican. Es un compromiso progresivo: el primer año deben cumplirse al menos el 60 % de estos puntos, con el objetivo de alcanzar el 90 % en el tiempo. El 100 %, reconocen, no es realista a corto plazo. Esa honestidad —también— forma parte del proyecto.

Cocina Plató es un espacio más versátil y abierto, pensado para cursos, grabaciones, presentaciones y encuentros en torno a la alimentación consciente y la cultura gastronómica. Por último UNMAR, el restaurante, donde toda esta filosofía se traduce en experiencia cotidiana. Parte de los ingredientes procede de los huertos integrados en el edificio, incluidos los hidropónicos. El proyecto incorpora también huertos Así se cierra el círculo entre producción, cocina y comunidad. La apertura de estos espacios será progresiva, permitiendo que el proyecto crezca sin prisas, al ritmo del barrio.
La luz, el diseño y la ética de Lucas Muñoz

Y sin duda, si hay algo que permanece en la memoria tras la visita es la luz. No una luz protagonista ni espectacular, sino una presencia suave, casi líquida, que envuelve el patio central y acompaña los movimientos. Detrás de esa atmósfera está el trabajo del diseñador Lucas Muñoz, cuya intervención resulta esencial para entender la experiencia sensorial del espacio. Sus lámparas —realizadas a partir de reflectores de fotografía reutilizados— cuelgan como libélulas doradas, filtrando la luz de forma cálida y difusa.

“Me interesa esa luz que no sabes muy bien de dónde viene, pero que lo envuelve todo, como cuando estás dentro de un bosque”, Lucas Muñoz, diseñador
Su aportación se extiende al mobiliario y a otros elementos construidos a partir de residuos generados durante la propia obra, conectando el proceso constructivo con nuevas formas de creación. Sin duda, el diseño no es un gesto estético: es una postura ética. Una forma de estar en el mundo.

Un espacio que no se termina
Infinito Delicias no es un lugar acabado. Y esa es, quizá, su mayor virtud. Está pensado para transformarse con quienes lo usan, para cambiar con el tiempo, para escuchar. Como dice Marina Carasso, presidenta de la Fundación Daniel y Nina Carasso,

Salimos de Infinito Delicias con la sensación de haber visitado un lugar que no se agota en el momento. Un espacio que no busca respuestas rápidas ni resultados inmediatos, sino tiempo, escucha y cuidado. Aquí la arquitectura, la comida, la luz y el diseño no compiten entre sí: se acompañan. Y en ese equilibrio delicado —profundamente humano y también atento a otras formas de vida—, Infinito Delicias se convierte en algo poco frecuente en Madrid: un lugar que no exige nada, pero ofrece mucho.
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Fotos: Cortesía Infinito Delicias y Teresa Herrero
Info: Infinito Delicias


